Después de dibujar una larga clave morse en la alfombra de polvo, de atravesar cortinajes hechos con telarañas y capullos albinos, vi una figura derramada al final de la última habitación. Es ella, pensé sin acercarme. Sólo la adiviné entre los gajos de noche que goteaban desde un tragaluz. Aquella figura hecha como con trapos viejos no podía ser Ángela. Parecía remendar sus tobillos, tener las manos atadas a las patas de la silla. Miré sus hombros, alas de murciélago plegadas, ocultándome la cabeza. Adelanté un pie; yo mismo le daría consuelo a su cuerpo dolorido. Escuché un sollozo, con murmullos me ordenaba permanecer en mi sitio. Tal vez estuvo escondida allí desde el primer día, cuando abandonó mi almohada; quiso que sólo el aire, las paredes de la antigua casa, atestiguaran su desmadejarse, su volverse suspiros de un minuto antes.
No me importó. Yo era ese que había dormido cobijado por su aliento, quien la ayudó a memorizar el alfabeto hecho para gente con los ojos en los dedos; no cualquier extraño sin un lugar donde dormir o buscando un muro para confirmar su existencia por medio de peces y olas de aerosol turquesa. Me recibiría con la espalda erguida y los brazos extendidos a medias de una marioneta.Sumé pasos, alargué la mano al sentir su respiración perfumándome el cuello. Mi Ángela se convirtió en una sábana hecha de pliegues grises. Resbaló después de tocarla, descubrió la mitad de un rostro de niña, pintura inconclusa apoyada en el caballete con las patas rotas. Hebras negras. Los ojos, acorralados, eran dos enormes escarabajos buscando una salida hacia el lino libre de óleo. Daban al cuadro el aspecto de una obra terminada.
Por entrar, pese a que me he desaparecido un buen rato… espero seguir por acá, leerlos…
Mientras… algo que recuerda la visión prehispánica del fin del mundo…
No presenciaste la ceremonia de los tzitzimimes. El fuego creció bajo sus falanges, consumió tu cuerpo en el tiempo que dura un latido ante Huitzilopochtli, y se apagó como si alguien se lo hubiera tragado. Con una parte de tus cenizas, trazaron una calavera en el suelo. Rompieron el Xolotl de tinta y amate y colocaron los trozos sobre el dibujo, en representación de los ojos, nariz y dientes. Otra parte sirvió para arrojarla hacia los cuatro puntos cardinales. El resto, lo embarraron en sus mandíbulas, debajo de las cuencas vacías. Continuaron buscando sobrevivientes. A sus espaldas, el aliento de Quetzalcoatl no dejó ningún recuerdo de tu sacrificio.
Ahora no hay soberano con vida ni sacerdotes que lleven esclavos a la pira funeraria. Los esclavos no pueden servir a sus señores en el trayecto al Mictlan; ellos tampoco viven. De la antigua ciudad no queda ni el recuerdo, porque no hay persona que la construya en su interior. Creíste que tu cuerpo, transformado por las llamas, se asomaría en el horizonte, y los nuevos hombres compondrían versos para dártelos cada día, junto con su sangre. Nada pasará. Si los muertos vuelven a levantarse, a caminar y abrir la tierra con una coa, si descubren sangre y semen dentro de su cuerpo, no será gracias a mí. El de Pie Hecho Bola, el Espejo Humeante, la Serpiente de Plumas de Quetzal, no existen, sólo son nombres que pronunciamos ante nuestros propios oídos. Nuestro cuerpo es como el de la ciudad.
Ayer, sentí toquidos en la puerta, los recuerdos, recuerdos de 15, de 16, que llegaron y entraron sin forzarla. No les quería abrir, pero son dueños de la llave plateada de mi memoria. Me sacaron lágrimas algunas malas palabras. Me hicieron sentir la niña sin peso ni sombra, la arrimada, otra vez.
Malo que tengan boleto de ida y vuelta, como dice la canción.
Preferí observar el espacio debajo de las olas. Puntas de lanza retorcidas sacaban de su letargo a la arena. Hundí el brazo. La respiración del agua, interrumpida, dispersó cada una de las manchas negruzcas, peces huyendo del fuego que viene después de probar el aire. Escamas, aletas; más abajo, el reflejo del coral de las fosas. Ningún hueso, los trozos de calabaza hueca se hundieron; las huellas del hijo de Yaya sólo existían en las leyendas de mi abuela.
Una última mirada. La isla sigue allí, oculta dentro de una corteza como la que cubre el cuerpo de los amos; las rocas grises pertenecen a otro lugar, y la voz del viento, buscando los pastizales donde cantaba, se perdió entre hebras ajenas, pensé. Los murmullos arrastraron mis ojos hasta el turquesa del cielo. Nubes, los peces del agua de arriba. Extendí la vista, observé el lejano saludo entre el agua y el aire, el agitarse de aletas blancas, pero no cuevas ni acantilados, ni siquiera una bellota de roble o un grano amarillento. La isla no se había trasladado al cielo.
Un pinchazo me devolvió al bote. Astillas, algunas gotas de sangre. Busqué con ambas manos, me asomé. Los remos flotaban sobre el agua. Cerca. No tuve ganas de ver si podía alcanzarlos. Miré una vez más el trozo de tierra, empequeñecía. Las montañas de Boriquen flotaban al otro lado del horizonte. Rocé apenas el mar. El eco de los latidos de Yayael se trepó a mis dedos, disolvió los hilos escarlata y curó la herida que abrió la madera. Cerré los ojos y después los devolví a lo alto, a las nubes deshilachadas, a las ocasionales gaviotas. Volví a buscar mi isla, mi Mona, entre las corrientes transparentes del cielo. La imaginé arriba, sin dejarse ver porque quien regresa es un desconocido de cabeza y ropas blancas, alguien de pies que nunca han hundido la arena bajo su peso.
En la fotografía que se arrincona en esta página se ve a tres hombres en el borde ?auténtico, violento? de la muerte. Otros hombres, también desamparados, apuntan sobre ellos sus pobres armas. Todos parecen ajenos, lejanos, tristísimos en su condición de hombres que matan y que mueren. Los que disparan, con seguridad, también ya han muerto. La imagen detiene, indefinidamente, el instante de la nada.
Ante la muerte sólo hay preguntas. El ?empujón brutal? (Miguel Hernández) siempre será sorpresivo y uno deseará, siempre, ser el hortelano que llora, no el que muere. Pero en la muerte no hay deseos, supongo.
La enfermedad y el accidente son absurdos. No hay razón en ellos. El cabello se eriza y se rebela ante tales posibilidades. ¿Quién puede imaginar su muerte? Hay opciones: la cama, el cáncer, el paredón, el asalto, la mala vida, el mismísimo corazón, una caída ?como la de mi padre? desde veinte metros de altura, la soga, la comida, el alcohol, los barbitúricos, el golpe, la bala, la vida vivida, una bala. Todo mata.
La muerte tiene aliento y huele a flores. Es de noche.
Mis abuelas muertas eran jóvenes vivaces, conocían todo sobre el comino, la albahaca, los guisos ancestrales, las sábanas blancas. Me conocieron a mí, que he de morir. Cuando vemos a alguien, vemos su muerte. En el recuerdo sólo hay lluvia.
Es conocida la historia que Borges recuenta: un jardinero pide permiso a su patrón para irse de la ciudad porque ha visto a la Muerte. En realidad, la Muerte quedó sorprendida al verlo, porque esa noche lo tomaría en el lugar al que huyó. Así, la vida: uno va al encuentro de su muerte.
La muerte rejuvenece: ahora, mi padre, López Velarde, Jesucristo, José Carlos Becerra, James Dean, Jim Morrison, muchos más, siempre serán más jóvenes que yo.
En el espacio confuso de los sueños, en la madrugada, alguien susurra: es la muerte fiel. Sobre las huellas que dejamos en los objetos, la muerte sopla. Va y viene, Ella, por nuestra vida.
Asustado, el recién muerto pregunta: ?¿Dónde estoy??
Sobre la mesa ?cubierta de papel de China morado?, hay velas, panes, licores, complejas viandas, sencillas flores. En el claroscuro de la habitación, hombres y mujeres rezan por sus muertos. Los niños juegan con sus calaveritas.
¿Cómo seré cuando no sea? En las fotografías que permanezcan alguien verá mi rostro, mis ropas, mi antigüedad, el cielo de un noviembre irrecuperable. Verá a mi hija junto a mí, a mi mujer que me toma la mano para siempre, a los niños de la tarde de ese parque. Además, un personaje siniestro, a quien nadie reconoce, que se coló a la fiesta y aparece a mis espaldas.
Alejandro Meneses.
Tomado de la revista Erinias, No. 4, invierno 2005?2006, pág. 23. Escuela Libre de Psicología.
Excelente....definitivamente la muerte nuestra eterna compañera...lo unico seguro que tenemos en la vida...no hay poruqe temerle...simplemente no la podemos negar…
La muerte… ops: ops: ops: sí da miedo, no el hecho, sino cómo se operará el mecanismo…
Y bueno, el artículo salió como medio año después de la muerte de mi profe, Alejandro Meneses, excelente escritor!!!!! Súper recomendable. Luego compartiré más de él, alguien que hay que leer, definitivamente…
Se aprisiona entre sus brazos. Está seguro, de nuevo asomándose a una ventana hecha de astillas. Sus ojos ven listones negros de madera, brillos temblorosos flotando en la oscuridad del vagón. Prefiere cerrarlos, tratar de dormir como si sus rizos descansaran en una almohada. Comienza a dormitar. Sueña con ciudades de paredes blancas, impecables, altísimas, con rostros difusos. Escucha el asfalto crujiendo bajo el peso de los tanques, detonaciones que iluminan la noche más que mil lluvias de estrellas juntas. La guerra viaja con él, se mete por sus ojos y se esconde en medio del cerebro. Invade los cuerpos amontonados.
No puede conciliar el sueño. Siente que ha pasado mucho tiempo desde que intentó hacerlo pero afuera, la oscuridad aun se derrama en las vías y tiene entre sus dedos al ferrocarril.
Observa a Wanda por medio del tacto. Sus mejillas pálidas, cabellos rubios. Al principio la confundió con una aria, pero emanaba el mismo temor a ser vista. Pudo respirar tranquilo. Ahora encuentra un poco de reposo acurrucado en su pecho, inhalando su aliento.
?Al menos no nos separaron.
Comienzan a entrar líneas horizontales rojizas en el vagón. Se asoma, hay sombras moviéndose frente al semicírculo anaranjado de la lejanía. Está amaneciendo. La luz cada vez más amarilla, va a posarse en el vestido negro de ella cuando debería hacerlo sobre la maleta dejada en el andén. Le toca el mentón, está húmedo. No sabe si es a causa del calor o del llanto. No hay sollozos, así que los cabellos de ella seguramente están pegados a las sienes, como los suyos. Las grietas que atraviesan sus labios deben suplicar la misma agua que él ansía.
Se sacude esos pensamientos. No se atreve a imaginarla así. Prefiere recordar la plática sobre su hijo. Lo anexó al programa Lebensborn para salvarlo y ser educado en Alemania. Llegó a buscarlo a Berlín, es polaca. ?Mi niño parece alemán. Cuando esto acabe, nos reuniremos. El pasado será un mal sueño?, no se atrevió a contestar, a regresarla a la realidad.
Piensa en su propia familia. Alemanes. Sus padres dijeron que no los tocarían, aun después de que la librería de la abuela se convirtió en cenizas durante la Noche de los Cristales Rotos. Continuaron asisitiendo al templo, acondicionado en un sótano, y caminaron por debajo de las aceras. Llevaron en el brazo la Estrella de David amarilla. Esperaron demasiado. Ahora están en el ghetto de Varsovia, tal vez alimentando los hornos de Birkenau. El ferrocarril llegará allí, los pasajeros serán exterminados. Lo sabe. Desde el principio creyó en los rumores.
Un rígido bulto golpea sus rodillas, lo hace brincar. Cruza los brazos sobre la pequeña ensarta de telas afelpadas y vuelve a mirar afuera. El campo se despojó de su vestido de sombras. Trozos de césped moteado de amarillo y un cielo sin nubes atraviesan de lado a lado la abertura de los tablones. El viento convierte en marea un sembradío de trigo. Casas hechas de escombros, aviones bombardeando, estallidos y autos sin portezuelas se fueron. Quiere pensar en el pasado como un espejismo y en el presente como un andén donde su madre, extendiendo los brazos, lo ayuda a bajar del ferrocarril.
Los ojos cerrados. Esta vez consiguió dormir, olvidarse del tiempo. Lo despiertan la luz de otro día entrando por la puerta abierta y las voces alemanas. Aún tiene el bulto sobre las rodillas. Los gritos lo hacen voltear. Una mujer llora, se jala los cabellos. Le arrebata los polvosos cobertores y desenvuelve a un niño muy pequeño: su hijo, asfixiado durante el viaje.
Baja. Las piedrecillas se le entierran en las delgadas suelas. Los militares lo empujan junto a los demás para formarlos en el nebuloso andén de Auschwitz.
Cuando mi abuelo era innecesario y del todo objetable, granujiento adolescente, se encerraba en la carpintería de su padre ?que nunca produjo una viruta? a leer libros de historia, alguna biografía, memorias de hombres, según afirma, ?muy europeos y muy exploradores?.
De esa época, quebradiza y solitaria, data el cuaderno que mi abuelo llenó con mala letra. En la cubierta puso el título: Noches en la ciudad perdida de Molicie, en caracteres fuertes, y abajo, firme, su nombre, precedido por un contundente Sir.
Allí, entramadas con sus más antiguos recuerdos, hay citas de libros crepusculares, septentrionales y australes. Viajes de ida y vuelta en tres renglones. Sabanas y glaciares ubicados en mapas de tinta roja. Cordilleras quue se deshacen en nubes lejanísimas, caravanas cuyo periplo consumía generaciones de camellos pardos; sacrificios rituales en al noche del Serengeti, fieras aladas que cruzaban el desdierto de Gobi apareándose en pleno vuelo… y otras alucinaciones de pésima ortografía.
A través de la ventana de la carpintería ?donde sesenta años después de escrito leo el cuaderno de mi abuelo? escucho el ruido opaco de la lluvia cayendo sobre el jardín. Entre las tejas podridas descienden hilos de agua y frágiles arañas. En las tardes perdidas de mi adolescencia lo leo hasta que la oscuridad hace imposible descifrar la caligrafía de aquel niño nervioso. Después, guardo el cuaderno, lo envuelvo en una bolsa de plástico y lo meto en un bote que alguna vez contuvo barniz. Recorro el sendero hasta la puerta de la cocina; mi madre escucha el radio mientras acomoda, una y otra vez, sus frasquitos de yervbas y especias. Atravieso la sala en penumbras y subo las escaleras. Toco en la primera puerta del corredor, entro sin esperar permiso.
?¿Le agregaste lo que te dije?? pregunta el viejo, acostado y blanco, tiritando bajo las cobijas, sin quitar la vista de la televisión. Las últimas caricaturas de la tarde. Los cambios sincopados del resplandor de la pantalla lo sumergen y lo sacan de la oscuridad del cuarto.
?Puse lo del Nilo, la ceremonia del gato.
?Se te olvidó escribir la cita de poeta de Nagore…
?No.
?¿La memorizaste?
?Sí.
?Pues dímela.
Extraño la piedad del lirio.
Siento la muerte de las palomas en el patio.
Las hojas de Octubre se arrastran
contra los muros
de la casa que fue.
Mi abuelo se voltea, lentamente, sobre su costado izquierdo, ofreciéndome la espalda. En la penumbra se hace nítida, malvada, la risa del Pato Lucas.