Kakaram
Los cazadores llegaron antes del anochecer, con una tregua. Por vez primera, desde que recuerdo, las cervatanas apuntarían hacia otros pechos.
Vinieron desarmados. Delante de ellos avanzaba un anciano de cabellos escasos, blanquísimos. Sólo él se adelantó y habló sin despegar los ojos del cielo: ?Llegarán guerreros de más allá de las montañas. Debemos matarlos o harán que nos arrodillemos ante su dios de oro?. Y le creí. Las frases parecían venir de las cumbres por donde avanzaban aquellos hombres, del eco de sus pisadas. El anciano decía la verdad.
Los hombres ordenaron que nos ocultáramos. Mientras ellos afilaban puntas y untaban curare a los dardos, nosotras reunimos pan, jugo de yuca y mantas. Mi hijo se acercó a su padre y levantado sobre las puntas, susurró algo en su oído. No tuvo respuesta. Después íbamos rumbo a la selva. No usamos los túneles. Mujeres y niños; el mío pateando la hierba, con las cejas tejidas en una.
También quería pelear, lo sé. El arutam vuela, vaga por la selva, cae junto al agua de la cascada; su hogar es la tierra entera, muy bien podría entrar en el cuerpo del enemigo. Ahora mi hijo había perdido una nueva ocasión para tocarla, para tener la estatura y los brazos anchos de un hombre.
En el refugio de enredaderas, lianas y ramas, no se escuchaba ni un ruido. Afuera, hormigas y mosquitos, apenas la voz de un grillo. Varios días oscurecieron y nadie llegó con noticias. Decidimos volver a la aldea. Una mirada y cerré los ojos. Aun así veía las piernas tendidas en la ceniza, abiertas, las ropas hechas hilo, escudos, lanzas, y corazas rotas. El luto a ciegas no duró mucho, debíamos preparar a los muertos.
No quiero ir, pero soy su último descandiente. Avanzo. Nadie camina junto a mí, sólo un óvalo negro bajo la mañana. Volteo, las puertas cerradas en ambos lados de la calle. Ni un susurro, los aullidos de los perros. El camino a la iglesia es mucho más largo cada marzo, me jala de los tobillos, provoca tropiezos.
La iglesia. El atrio es un montón de sombreros, cabezas pequeñas, trenzas a modo de corona y rebozos descoloridos. Una hilera de ropones delante de la entrada, tan blancos como los claveles, rosas y alcatraces que traen de la ciudad, que miran hacia el altar y los pasillos. No es necesario empujar hombros, los cuerpos se apartan al roce de mi bastón sobre la tierra seca. Desde mi juventud transcurro por el mismo año: los sombreros alzados, las miradas se despeñan, me tocan los pies. Rostros de niños sin bautizar, sonrisas amarillas y negruzcas, incompletas. Voces parecidas a silencios me ruegan por la cosecha, por el hijo enfermo: ?Si señala hacia el cielo, si me ve, el sol de mañana calentará a mi niño?. Evito sus ojos, las súplicas son de humo, ni siquiera agitan las hojas de los eucaliptos.
De pronto un jalón. El ardor me hace voltear. Un hombre tiene una mecha pequeña, gris, entre los dedos, y la pone en la mano de un espectro de mujer.
?Perdone usted, tata, dicen que las reliquias son buen remedio para males incurables.
?Mi niña suda gotas como de hielo, habla cuando está sola en el jacal. No pude traerla, ahora tendré que esperar hasta el otro año para bautizarla.
Quedo delante de las dos miradas negras un momento, me froto la coronilla y vuelvo a caminar. La iglesia. Llego al altar sin ver la explosión de blancos, vuelta a la derecha, sigue la capilla dedicada al más antiguo de mis abuelos, la banca recién barnizada, sólo para mí. Podría recorrer la ruta aun estando ciego. Un mechón, pienso con la barbilla enterrada en el pecho, antes fue recoger la tierra debajo de mis pasos, rasgarme la camisa y acariciar el bastón; seguro después querrán un ojo o mi último latido.
Me siento ante un espejo de madera: mi antepasado cubierto con pliegues blancos y azules, de rodillas, junto al índice levantado de Jesús. La barba rala y los pómulos huesudos de cuando yo era joven. Atrás, el enorme Cristo, mural de plumas. Volteo. Las tres bancas detrás de mí están vacías. Más allá, la gente que colmaba el atrio llena los asientos, el pasillo, se pone de puntitas para ver la imagen de mi abuelo, al sacristán, que toca las baldosas con una rodilla antes de encender las dos velas del altar.
La gente le abre paso al nuevo sacerdote, a una fila de mujeres con envoltorios blancos entre los brazos. El hombre sigue hasta el retablo color oro, ellas se reparten en las bancas reservadas. La ceremonia anual del bautismo.
El sacerdote es nuevo en el pueblo. Llegó a principios de semana. Su primera ceremonia fue el entierro del viejo padre José. El sacristán mira con el entrecejo fruncido, el hombre de casulla verde levanta los brazos y tropieza a lo largo del sermón tantas veces pronunciado por el padre José. Habla hacia la cúpula de mosaicos turquesa y ultramar, lleno de espacios en blanco, amarillo y negro ?ángeles alrededor de la aureola de mi abuelo?. Cierra los ojos, se queda en silencio. Sonrío, de seguro olvidó la siguiente palabra.
Esto no va a durar mucho; después de misa, entre bocado y bocado, las mujeres se encargarán de tejer la historia de mi familia, que se limita a la del beato considerado santo. Y el sacerdote joven, de cabellos escasos, me llamará a la sacristía al terminar el desayuno, preguntará si es cierto, si en verdad Jesucristo bajó de entre las plumas para bautizar a mi antiguo pariente, cuántos milagros se le atribuyen y en qué situación está la causa para canonizarlo. Yo asentiré. Y de nuevo perderé mi nombre para ser el último pariente del santo, el tata.
Estuvo dentro de cada mujer de piernas grises. Aventó zapatillas de plástico, rojas, con el talón descubierto, sin hebilla, botas a la altura del muslo. Se quitó pelucas negras, rizadas. Sus ojos claros saltaron de unos párpados turquesa a otros verde agua, azul ultramar. La busqué en esquinas con olor a margaritas marchitas y perro. Tuvimos vecinos de unas horas por la noche, de madrugada. Siempre los dos. Lo sé porque también fui el mismo: el hombre de cabellos castaños y venda en los ojos, el que pedía habitaciones sin corriente eléctrica ni vista a las escaleras de incendio en el callejón. Quien besó sus pies entre cortinas tan gruesas que la luz se marchaba como un vendedor después de llamar diez veces a una casa sola.
Aparecía ante hoteles de muros sin pintar, debajo de la frase: ?Cupo completo? escrita con luces fundidas, aspiraba el perfume de las flores de plástico verde en la recepción hasta sentir mi mano en el hombro. Entonces subíamos. Antes de abrir la puerta le rogaba llamarse Ángela.
?Qué casualidad, ese nombre está en mi fe de bautismo y en el acta de nacimiento?. Unos billetes extra entre los senos.
La detenía antes de que tocara la cortina. Un vistazo a la avenida. Ambulancias más allá de los semáforos en rojo. Arriba, la luna era una hamaca de urdimbre apretada. Ángela se desvestía dándome la espalda. En ocasiones, un espejo delante de ella me regresaba el vello negrísimo entre sus muslos, la redondez en el vientre, el vestido de encaje descendiendo hasta los tobillos. No me gustaba ver cómo la gravedad mordía su pecho. Antes de que se volviera una venda rodeaba mis ojos.
?No te muevas, quiero encontrarte?. Extendía los brazos, apartaba las capas de aire con los dedos. Ella, en silencio, esperaba en algún rincón de la oscuridad. De pronto una lanza amarilla en los ojos, la lámpara encendida, la venda en el suelo y Ángela delante de mí. Un trozo de palabra en los dientes, el otro fuera de aquella prisión. Callábamos. Lo sabía: el ángel había roto su piel, ahora estaba muy lejos, buscando otro cuerpo. Ni siquiera el resplandor de su aureola sobrevivía, sólo una extraña de brazos flácidos y grietas en torno a los ojos.
?Eres un pendejo.
Salía dejando la puerta abierta. Su sombra acariciaba las paredes. La escalera, el tufo a orines a lo largo del pasillo. Quizá corría con el vestido sobre el hombro, una modelo que portaba el traje más transparente y delgado del planeta, a juego con la chaqueta de encaje, caminando sobre una pasarela de concreto estriado. Flashazos desde las dos orillas de la noche. Un maestro de modelaje le exigiría sonrisas y el cuello erguido.
Nunca la seguí. Prefería pegar el oído a los muebles, caminar de puntillas por el baño, cerca del balcón. Quería escuchar el aleteo, encontrarme plumas pegadas a las suelas, ver un resplandor, unos rizos rubios, la blancura de la piel debajo de las pecas. Me sentaba en la orilla de la cama, un suspiro y a la calle, a la tienda, por una botella de vodka. El ángel había volado y no pensaba regresar a la piel vieja. Ni modo, ahora debía empezar de nuevo: los ojos claros estarían en otro rostro, las pecas, las uñas cortas. La encontraría aunque los días tuvieran sólo dos horas.
Fueron incontables búsquedas, los rostros empezaron a repetirse, las pecas no aparecían por ningún lado. Seguro el ángel se había cansado de los mismos cuerpos, de mí, el hombre que le seguía los pasos, de permanecer al otro lado de una venda, como en el juego de la gallina ciega. Recogió sus plumas y cambió de piel.
El Paradiso en la otra orilla.
Judith Castañeda Suarí.
Creo que sería injusto decir simplemente José Lezama Lima. Su obra es una referencia que no se acaba; él podría llamarse Confianza en una memoria excepcional, Biblioteca en una sola persona, Poeta a quien nadie comprende, Buscador de palabras, sin olvidar el despectivo que algunos le adjudicaron: Anaquel con patas.
Su novela Paradiso publicada en 1966, le acarreó fama y atención gracias en parte al polémico capítulo ocho, calificado de pornográfico, y es al igual que su autor, un librero lleno de referencias a la religión católica, a sectas como la de los cátaros, a la cultura griega y a otras, por ejemplo las precolombinas del Nuevo Mundo
La primera alusión a éstas se relaciona con el nombre del protagonista: José Cemí. Tal vez lo formó con la frase: ?Soy yo? del idioma francés; pero también cemíes eran los espíritus protectores, los dioses de los taínos, pueblo que vivía en las islas del Caribe al momento de la llegada de Cristobal Colón, cuyos antepasados araucanos provenían de Venezuela. La representación de los cemíes se hacía a través de unas piedras de tres puntas llamadas trigonolitos que se enterraban en los campos de cultivo para obtener buenas cosechas, para que la lluvia y el sol aparecieran cuando mejor conviniera a la agricultura, y para que las mujeres parieran sin dolor. Datos acerca de los taínos fueron recogidos por Fray Ramón Pané en su Relación acerca de las antigüedades de los indios, libro escrito en 1498 en la isla La Española, el primero de documentos como la Historia General de las Cosas de la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún. Fray Ramón Pané, monje catalán de la orden de los Jerónimos, vivió con caciques taínos desde 1494 y aprendió su lengua al intentar catequizarlos.
En el capítulo nueve de la novela, el de los diálogos sobre la androginia primitiva, donde Foción intenta convencer a Fronesis de que la homosexualidad no es un vicio ni una ?maldición de los dioses? porque siente una fuerte atracción hacia él, se menciona un ?códice mexicano sobre la creación?, donde aparecen dos figuras probablemente andróginas. Lezama nunca menciona sus nombres, pero podrían tratarse de Tonantzin?Totahzin, quienes forman al dios Ometeotl, divinidad suprema que vive en el decimotercer cielo, concebida como masculina y femenina a la vez, origen del Universo, de los seres y los demás dioses.
El Códice Borgia, pintado en piel de venado, se atribuye a la región cholulteca?mixteca y forma parte del acervo de la Biblioteca Vaticana, donde llegó gracias al legado del cardenal Borgia. En este códice aparece una deidad andrógina, Tonacatecuhtli. Su nombre significa Señor de Nuestra Carne. La dualidad se adivina en su posición: el rostro muestra el perfil, como se representaba a los dioses masculinos, en tanto que el tórax, la cadera al frente y las piernas abiertas, son de las deidades femeninas a punto de dar a luz.
En el capítulo de los sueños hay una referencia a ciertos ?procedimientos incaicos, como la reducción que hacen de los cráneos?, frase que Lezama usa para describir un huevo de marfil que parece ?luna achicada?. Esta referencia errónea en parte, podría ser consecuencia del exceso de confianza en la memoria, o de la dificultad que para alguien de cien kilos significa recorrer un pasillo largo entre el librero y la habitación donde escribe.
El procedimiento para obtener las tzantzas ?cabezas reducidas? era característico de los pueblos shuar o jíbaros, habitantes de la Amazonia en el actual Ecuador. Las cabezas eran una prisión para el muisak, alma vengativa nacida al morir violentamente un guerrero que por lo menos hubiera poseído un alma arutam. La tzantza se pintaba de negro y se cosían labios y párpados; así el muisak quedaría prisionero y en la oscuridad. Se dice que el secreto para la reducción de las cabezas, ahora perdido a fuerza de ocultarlo, residía en las hojas agregadas al agua donde se hervían después de retirarles el cráneo triturado.
Lezama dice ?procedimientos incaicos? y en parte puede considerarse cierto, pues en 1450 el Inca Tupac Yupanki atacó a los jíbaros asentados hacia el norte del río Marañon y sometió a un sector del pueblo, mientras el resto se refugió en los brazos anchos de la selva.
En Paradiso se encuentran referencias más actuales como la venta de plata en el estado de Puebla, en México, visitado por José Lezama en la década de los cuarenta, y la idea de la selva siempre delante de nuestros ojos, difundida en Europa gracias a la ambientación que tienen las novelas del boom de la literatura latinoamericana, como Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, o El reino de este mundo, del cubano Alejo Carpentier.
Podríamos correr a la enciclopedia o a la internet a cada minuto, regresar al inicio de un párrafo más de tres veces, intentando comprender al abogado nacido en La Habana; es preferible sumergirse en sus metáforas y símiles, en el constante esfuerzo por no llamar a los objetos, a los lugares, incluso a los seres, por su nombre.
No sé cómo amarlo
Desde niña tengo esa canción escrita en la memoria. ?Yo no sé cómo amarlo, qué hacer, qué decirle...? Me sorprendía cantándola antes de dormir. Parecía como si hubiera nacido con ese recuerdo, como si en mi vida anterior muriera con la letra sobre los labios y al nacer ocupara el lugar de una neurona. La duda se disipó cuando papá me dijo que mi hermano mayor, antes de irse, se sentaba junto a mí en el parque y cantaba las canciones de la película. Él salió en una de las obras que se montaron con base en Jesucristo Superestrella. Papá me enseñó la fotografía de una revista donde mi hermano aparece sentado en un piso igual al tablero del ajedrez, rodeado por los actores, la maestra y el equipo de producción. Dos enormes ángeles copiados del L.P. Él los dibujó, al unirlos forman una circunferencia de plumas sin desplegar. En otra página ejecutan a tiros a Jesús y Judas es un péndulo.
Fui sin pensarlo cuando escuché acerca de las audiciones para volver a representar Jesucristo Superestrella. Mi voz no es muy buena, pero tampoco pedían a la doble de Yvonne Elliman. Llegué a la dirección que dieron en la radio. La Escuela de Artes de la Universidad. No había espacio en el salón.
Después de ?Paraíso en sus mentes?, ?Sólo quiero decir?, ?El sueño de Pilatos? y ?La canción del rey Herodes? repetidas por varios aspirantes, escuché mi nombre. De pronto el lugar estaba desierto. Avancé con las piernas hechas atole. Subí los cinco escalones. Detrás de mí, un grupo de rostros desconocidos. De pronto la letra de ?No sé cómo amarlo? se escondió y no pude encontrarla por ningún lado. La voz que dijo mi nombre preguntó si vivía cerca, mi experiencia en escena y grado escolar. Yo tenía las manos convertidas en hormigueros y sus habitantes arrastraban las patas hasta llegar a mis hombros. Veía la punta de mis zapatos. Respondí con monosílabos, en un volumen que sólo yo escuchaba.
Un hombre de cabello sujeto en la nuca y gorra de estambre miró mi playera roja, el cabello cubriendo la frente de un rostro sin maquillaje. Me sonrió. Relájate, Magdalena, dijo y me dio unas palmadas en el hombro. Observé la puerta abierta, Alex llegó. Es mi vecino desde la secundaria. ?Yo no sé cómo amarlo, ni qué hacer, qué decirle. Yo cambié. Sí, yo cambié. Desde el día que lo conocí, parezco otro ser...? Me dio el gramo de confianza necesario para empezar. ?Un hombre es, un hombre más. Y he tenido tantos hombres ya que él debiera ser sólo uno más...? La canción salió del rincón donde se escondía y aunque no logré atraparla, fluí a su lado. ?¿Debería gritar? ¿Debería chillar? ¿Hablarle de amor? Mi pasión gritar. Nunca pensé sentir así, ¿qué me pasará?...? El cauce me arrastró hasta el fondo del escenario. ?Si dice que me ama, no sabré qué decirle. Miedo me da, miedo en verdad. Volvería atrás, escaparía. No querría saber...? Llegué de nuevo al área frontal, con las palabras reptando entre mis tobillos. ?Me asusta tanto… Lo deseo tanto… Lo amo tanto?. Me arrodillé junto a alguien para recargarme en su hombro, le dejé la camisa húmeda de lágrimas. No escuché aplausos.
Bajé y detrás de mí ?No sé cómo amarlo? con otra voz; alguien que, estoy segura, cantaba ópera y se quedaría en la obra. El turno de Alex. Luego, un desconocido de ojos claros.
?Bien, tengo los datos de cada uno. Gracias por venir. La próxima semana llamaré a las personas seleccionadas.
Un río de espaldas y piernas me llevó a la salida. El aire entre las hojas de los árboles me despertó. Cantaste bien, gritó Alex, agitando la mano. El mismo aire despeinaba su cabello ondulado. Sonreí incrédula y regresé caminando a mi casa.
Cuando me avisaron que el personaje era mío no pude creerlo. Llevaba un nuevo nombre, había sido bautizada por segunda vez. Magdalena. Tal vez era un error. Me presenté de nuevo en la Escuela de Artes y me saludaron con un ?hola, Magdalena? y una sonrisa.
Cada ensayo empequeñecía mi voz. Las lágrimas brotaban como de un manantial y las canciones no querían salir de la garganta. Me consoló que a varios les ocurriera lo mismo. Nunca pensé reaccionar de esa manera, ¿a mi hermano también le temblarían las manos y se le enredaría la lengua? Tal vez no.
Por eso sentí alivio cuando nos avisaron que finalmente no nos prestaban el teatro, pude respirar por primera vez en ocho semanas. Fue después del ensayo general, estábamos a punto de irnos. El director se quedó en silencio, con los ojos cerrados, el guión en el regazo y las últimas indicaciones dentro de los labios. Él era quien mostraba más entusiasmo, había trabajado mucho con nosotros. Me avergonzó mi alegría, la tranquilidad de no enfrentarme a los asientos ocupados del estreno. Miré a mi alrededor para encontrarme con caras largas, con bocas convertidas en líneas descendentes, con una lágrima semiescondida. Alex, Adrián, la misma decepción contagiada.
?Los veré luego?, el director guardó su gorra en el morral.
Nadie sabía si el estreno se postergaba definitivamente.
Ay nena....me iba a dormir y recorde q me hablaste del cuento, asi q me quede un rato mas.
Realmente es un placer leerte, de verdad, lo mejor del foro ( y no exagero). Hace rato ya q nadie hace comentarios a los escritos, pero es imposible no decir algo luego de leer tus cosas!
Jesús se trata de un buen pretexto para la creación. Desde hace siglos pintores como Leonardo Da Vinci y El Greco han convertido esa biografía en lienzos, aglutinantes y pigmentos, retratan la Última Cena, Su bautismo y niñez, intentan reflejar la desolación y la muerte con trazos acuosos, manchados de rojo. Él ha sido protagonista de obras excelentes como la del premio Nobel de Literatura portugués José Saramago, El evangelio según Jesucristo, la del poeta libanés Gibrán Jalil Gibrán, y de best sellers de cuestionable calidad literaria y poca verosimilitud. La figura de Jesucristo también aparece en la pantalla cinematográfica, desde las antiguas y tiesas películas mexicanas, tales como El mártir del Calvario, hasta La Pasión de Cristo, pasando por las enormes producciones hollywoodenses de los años cincuenta ?Ben?Hur, en una bella toma de espaldas.
Jesucristo Superestrella se estrenó en 1972, en plena época hippie. Es una película musical, basada en un álbum doble de la autoría de Andrew Lloyd Weber (música) y Tim Rice (letras), quienes a finales de los sesenta lo escribieron para representarse en teatro. Causó en su momento gran controversia y en cierta manera sigue haciéndolo, aún se le califica de burla hacia Dios por un sector numeroso de los creyentes católicos.
La cinta presenta a Jesús cantando, un Judas negro, épocas contemporáneas mezcladas con las bíblicas tanto en la ambientación como en el vestuario. Fue filmada en Israel, enteramente en exteriores, incluyendo la Última Cena: las ruinas de Avdat, a dos horas de Beersheba, las cuevas de Beit Guvrin, las orillas del mar Muerto. Se agregaron muy pocos elementos a las locaciones existentes: andamios, vendedores de drogas y armas a las afueras del templo, braseros encendidos contra la noche que cerca las escalinatas en las ruinas del castillo de Herodes. A decir de su director, Norman Jewison, y del actor de teatro Ted Neeley, quien personificó a Jesús, puede considerársele un video musical de hora y media que no intenta ser profundamente religioso. Por ello el Vaticano envió al Osservatore Romano, su periódico vocero en Roma. Norman Jewison les mostró la película en los estudios Pinewood, en Inglaterra; luego una copia viajaba para ser vista por el Papa Pablo VI y él otorgó un apoyo a mi parecer innecesario, Jesucristo no figura entre las marcas registradas.
La música se grabó en los Olympic Studios, con la Sinfónica de Londres y un grupo de rock, bajo la dirección de André Previn. Pero hubo un álbum previo, de portada marrón, del que probablemente se derivaría la obra de teatro, donde sólo Yvonne Elliman y el actor británico Barry Dennen ?Poncio Pilatos? figuraban entre los intérpretes. Es la primera película, y hasta el momento creo que la única, que se filma apoyándose en una banda sonora existente. Por lo general sucede de manera simultánea: la música se compone o se busca en función de las necesidades de la cinta y se difunde al público posteriormente.
Los roles principales estuvieron a cargo de los actores y cantantes Carl Anderson (muerto hace unos cuatro años), Ted Neeley e Yvonne Elliman, en cuyas voces se siguen recordando temas como ?Sólo quiero decir?, ?No sé cómo amarlo? y el tema central, ?Superstar?.
Si la tomamos desde la obertura, la película no narra exactamente algo acerca de Jesucristo, sino de un grupo de jóvenes que llegan a representar la ópera?rock en el desierto: la soledad inicial, la música vestida de murmullo, un punto en movimiento, se acerca el camión del que baja el elenco y comienza la actividad, cestos, cascos cromados, la misma cruz en el techo del vehículo. Tiene una atmósfera teatral gracias a la escasa escenografía. En varios fragmentos es como si hubieran filmado en el teatro mientras se representa una obra. Siento que no debería constituir controversia alguna.
Esta originalidad no se le imprimió desde un principio: el autor de las letras, Tim Rice, pensó que el guión no sería mayor problema teniendo las canciones, y escribió uno estilo Ben?Hur. Lo rechazaron y posteriormente fue retomado por el director y por Melvin Bragg, quienes le añadieron el concepto con el que apareció, del que Rice no estaba seguro en aquella época.
A pesar del título, el personaje central es Judas. Cada imagen se filtra a través del lente de sus ojos: la adoración de la que es objeto Jesús, su notoriedad, la expulsión de los mercaderes en el templo. Para él, alguien con dudas incluso en el momento de la traición, Dios no está en el hombre que decidió seguir. La gente lo descubrirá al final y lo dañará, importa más su persona y lo que hace que el mensaje que ha venido a dar. En cierto modo, a través de este enfoque, se le convierte en una estrella, en superstar, a quien la gente sigue, idolatra y eventualmente olvida o ataca cuando se siente decepcionada o traicionada. El título entonces cobra sentido. Jesús en la mirada de Judas. Y la película al final tiene un significado más profundo. La representación concluyó, el elenco se aferra al camión, sube, un vistazo a la lejanía detrás de sus hombros y entra. El atardecer detrás de la cruz. El actor que hizo de Jesús no está, como si en verdad fuera Él, lo hubieran crucificado y esperara al tercer día.
Desde entonces Jesucristo Superestrella se ha representado infinidad de veces. La película continúa siendo exitosa gracias a la fuerza de la música, a las letras y al trabajo de los actores que merecieron nominaciones a premios como los Globos de Oro, pero más que nada gracias a su originalidad. Los compositores, aunados a los guionistas, supieron enfocarse en un punto diferente al abordado por otras películas: las canciones, voces y coreografías magníficas, escenarios nada ostentosos y quizá la intención de acercar al problable espectador a lo espiritual sin la solemnidad de leerle el Nuevo Testamento entero.
?Adiós mundo cruel? es un lugar común que muchas ocasiones aparece en notas suicidas y frases últimas dichas en la televisión en el cine. Es motivo de hilaridad a fuerza de repetirse, de no cumplir la sentencia. Al mismo tiempo alude a una verdad: el mundo, la mayoría de las veces, es cruel; así lo pensamos al ver la enorme separación entre las clases sociales, entre condiciones de vida ?algunos no saben en qué cuenta depositar el último cheque de la mañana, otros no saben si comerán por la noche.
Los cuentos de El orgasmógrafo (Enrique Serna, Plaza & Janés Editores, 2001) recogen esta misma crueldad intectada con humor. Siete narraciones en la que la esperanza se termina una página antes de iniciar el texto. El autor de Amores de segunda mano y El seductor de la patria nos introduce a diferentes atmósferas: la realización de programas televisivos, países africanos, oficinas, ciudades sacadas de un futuro gobernado por un sistema totalitario. Nos presenta a actores de televisión que no saben qué hacer con sus larguísimas vaciones pagadas y terminan atacándose, escritoras que descubren la enorme puesta en escena que significa la obra de los escritores, de los tesoros vivientes, el clásico ?en mi boleta sólo hay dieces, muéranse de la envidia? tan despreciado y solitario en las instituciones educativas, la mujer dueña de su cuerpo, el travesti que no lo es, directores de cine venidos a menos.
En los cuentos de Enrique Serna también se percibe una crítica hacia los gobiernos, como en Tesoro viviente, en donde el gobierno de un país somete al pueblo haciendo uso de los escritores, quienes llevan una doble vida: aparecen en público ataviados con trajes étnicos y viven en la zona más exclusiva, tienen los mejores autos, la ropa más cara, mientras en las calles falta el agua y el drenaje. Esto visto a través de una escritora europea que miente para viajar, para slair de Francia.
Otra narración que tiene muy marcada la crítica hacia las clases gobernantes es El orgasmógrafo, que titula el libro. Aquí el sometimiento en cada acto realizado por la población se lleva a su máximo: las autoridades exigen cierto número de orgasmos a la semana y para registrarlos, cada persona tiene un aparato instalado en el cuerpo, un orgasmógrafo. El humor en este caso radica en los diálogos, en las acciones que rodean a la protagonista. En un intento por retratarlos, puedo decir que es como si pusiéramos en un espejo las enseñanzas morales, las calificadas como socialmente correctas, y las transcribiéramos tal y como aparecen en ese mundo al revés:
??No, papá. soy virgen.
Don Anselmo pasó de la cólera al estupor, como si le hubieran notificado la muerte de un ser querido. Doña Flor se desplomó en la silla, y abiertos los brazos en cruz exclamó con voz quejumbrosa:
?¿En qué me equivoqué, Dios mío? ¿Qué hice yo para merecer esto? Siempre traté de inculcarle el buen ejemplo, desde que era un bebé la enseñé a masturbarse, pero de nada valieron mis sacrificios. ¡Soy un fracaso como madre!?
Laura, el personaje femenino, tiene intervenido su orgasmógrafo porque no quiere que el gobierno sea dueño de su cuerpo. A raíz de esto se desata una persecución, tratamientos psiquiátricos, pronto se convierte en objeto de adoración, en el estandarte de los grupos radicales que están en contra del sistema, pierde la virginidad. El cuento termina con la muerte de Laura y su consecuente aprovechamiento: ?Se desconoce la causa del suicidio, pero las autoridades lo atribuyen a la obcecada abstinencia sexual de la transgresora, orígen de un cuadro depresivo que la orilló a quitarse la vida?, con una escena donde una especie de fotocelda recaba la energía de los orgasmos y alimenta a unos androides: la inmortal casta gobernante. Esta escena refleja el sometimiento del que son objeto muchas de las sociedades en la actualidad, la desesperanza en la que vive la gente marginada, las mayorías. El orgasmógrafo es un libro de lectura ágil, lenguaje sencillo, coloquial, a veces aderezado con palabrotas, que hace pensar y reír por momentos.
Cómo Tlaloc se inconformó porque el Diablo fue invocado y la división en dos de una lectura
El 23 de mayo se celebró el Tercer Encuentro de Mujeres que Escriben; el escenario, la Casa Amarilla, instalación de la Universidad Autónoma de Puebla ubicada en el Centro Histórico de esta ciudad, bajo un doble techo amarillo, de lona y acrílico. Cada año se teje una atmósfera de amistad: intercambio de correos electrónicos, de libros y comentarios sobre lo que cada quién está escribiendo o planea escribir, comida a las dos, textos con estructuras, atmósferas e historias diferentes, tramadas según la visión de la literatura, las experiencias, las lecturas, la vida.
Esta es la primera vez que se hace en mayo, en plena primavera, el otoño es la costumbre. Estuvieron presentes Isabel González, ganadora de la última edición de concurso de cuento Mujeres en Vida, con sus textos cargados de imágenes eróticas, los cuentos inéditos de Betty Meyer y Eve Gil, Lina Zerón, primeriza, nos hizo reír con varias minicrónicas, Rosa Nissán, una servidora y su “Cerrando puertas” (que suena a canción de Robi Draco Rosa).
Hubo también una invitada que llegó tarde pero a tiempo, que no leyó ningún cuento y tampoco tuvo un espacio en el intercambio de correos electrónicos. Eso sí, recibió su reconocimiento: las carreras, los gritos, una herida. La lluvia, al principio no muy fuerte, dejó terminar una lectura sembrada de pausas a Eve Gil. El Maligno, el Diablo, fue nombrado en más de una ocasión a lo largo de ese divertido texto. Y justo al terminar, como si las palabras se hubieran vestido de invocación y ganado peso, mezcla de vudú y santería, el golpeteo de las gotas redobló esfuerzos hasta acumularse en el techo y romper el acrílico. Al principio fueron tronidos lejanos, difíciles de ubicar; luego, en vez de agua o granizo, llovieron algunos trozos puntiagudos, transparentes. Uno de ellos lesionó a Maricarmen García, una de las organizadoras, quien tendría una intervención en la última lectura. Ese golpe terminó en un viaje al hospital que, esperamos, no haya sido muy largo. Más de una pensó que el agua acumulada caería en pleno, que las bocinas y micrófonos descargarían electricidad en esa cascada, que…
Para mi fortuna estaba en la orilla, unos pasos y mi cabeza quedó fuera del alcance del acrílico. Organizadoras, escritoras y público terminaron debajo de los pasillos del segundo piso, alrededor del patio donde se leía, hasta el momento, sin novedad. Lecturas y asistentes se trasladaron a un salón pequeño, lejos de la zona de desastre en que se convirtió el lugar.
Por mi parte estoy lista para otra lectura en el patio de la casa antigua que es el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Puebla, con todo y granizo y lluvia de acrílico, no importa. Sólo espero estar sentada en la orilla para correr a tiempo.