En esta ocasión arranco la página y la pego en la pared. Debajo de los párrafos, dos manos y un cuchillo posan con un plato de carne cruda. El pesado recetario de tapas brillantes es el guardián de las otras fotografías, la misma carne en dos momentos: atada como si envolviera un regalo, junto a cebollas rojizas y frascos disfrazando de laboratorio una cocina; y dorada, transpirando jugo, dentro de una cacerola. Son filetes que custodian un relleno aderezado con laurel y coñac.
Como en el primer intento, no me importa comprobar si ese color pálido, casi enfermizo, es el de los filetes de cerdo; de cualquier manera nunca sigo las recetas como si se trataran de una fórmula para analizar químicos. Me agrada el juego de inventar sabores, un poco de vino o cerveza en lugar de jugo de naranja, carne de ternera cuando no tengo filete a la mano. La cocina es mi centro de operaciones, un aromatizante cuyas manos inyectan a la casa la esencia del café o los chipotles. Ni por la noche, cuando me recostaba junto a la espalda de Sergio, abría el cortinaje de terciopelo vino o las ventanas; el perfume debía dormir acariciándome el cuello, metido en mi abrazo aún al despertarme.
Cuando Sergio volvía de la oficina, sosteniéndose de su sombra, no era el atardecer el que entraba por el pasillo y subía las escaleras colgado de sus zapatos, sino la noche. No me visitó en la cocina ni una vez, siempre fue derecho a nuestra habitación. La voz de alguna soprano, el ruido de lluvia y el vapor, me indicaban el religioso cumplimiento de su rutina: la ducha, la televisión, el sueño. Nunca me imaginé entrando al baño, abrazándolo sumergidos en la tina o bajo la tormenta de gotas tibias, vestida con su aliento. Bañarse, leer, dormir, cocinar, hay actividades que no requieren de más de una persona. Quizás él también era consciente, por eso tampoco me interrumpía.
Mi rutina, como la suya, se completaba. Un veintiuno y dos ceros parpadeando en el horno de microondas y le subía una charola. Café con un chorrito de licor de naranja, pastas aún palpitantes por el calor. Él, con los brazos sirviéndole de almohada, mirando en la televisión al hombre que imita al presidente, serio ante las risas de utilería, apenas si curveaba los labios para dedicarme una sonrisa.
–No cenaste.
–Sí; compré algo antes de venir–, le respondía al comediante de las manos enormes y el mechón de la coronilla levantado. Cambiaba de canal, un salto de tres metros en la pantalla y el enceste con el reloj en ceros.
Siempre intenté llegar hasta él. Inclinarme para sisear en su oído, dejar un camino de azúcar y canela sobre su rostro, besarlo en la comisura de los labios, fueron recetas fallidas. Él me imponía distancia con palabras y bostezos: “¿Por qué no vas a lavarte el cabello?, hueles a ajo”. De nuevo la palidez de su espalda, los ronquidos. Las razones para alejarme: tengo sueño, hoy estuve muy ocupado, mañana debo llegar antes, ¡cuánto te tardas!, hueles a cebolla…
Entonces me metía debajo de la sábana y por la mañana, la cena recalentada lo esperaba en el comedor. Sergio salía de la habitación acomodándose la corbata, los cabellos oscuros. Apuraba de un solo sorbo el café y se iba sin siquiera mirar las galletas. Un beso en la frente, labios que no acaban de posarse, y un portazo. Mi memoria lo guarda ante los partidos de basketbol, roncando, detrás de la puerta o en la oficina. Nunca sueño su piel de azúcar quemada bajo la ducha, o a mí misma, en la cocina, custodiada por su abrazo mientras pequeñas llamas hacen hervir la salsa de jitomate que acompañará al spaguetti.
Les va a gustar, es un espacio creado para el mejor escritor y maestro que pude haber tendido…
Y esto es para que se animen
El gato empezó a maullar cuando metí la llave en la cerradura. Después de seis días sin comer me saltaría al cuello. Recordé que Ángela me había abandonado.
Abrir la puerta fue entrar a una jungla interior: en la oscuridad –sus ojos brillaban en la maleza– latía la presencia de un felino carnicero, comedor de hombres. En el cielo lejano, un relámpago; su estruendo retumbó en los cristales de la sala. Regresó la lluvia.
Encendí la luz, la jungla se deshizo, y apareció el gato marica de siempre, restregándose en mis tobillos; solté la maleta y pegó un respingo cunado le cayó encima de la cola. Se redoblaron los maullidos melosos, le di una patada pero se aferró a mis piernas. Con él a rastras fui a la cocina.
Abrí los anaqueles, revolví el refrigerador donde las verduras, abandonadas, criaban hongos con sabia paciencia; metí las manos en ciertos lugares de la alacena que no visitaba hacía meses: tallarines fosilizados, especias en peligro de extinción, harina convertida en roca, un caramelo, telarañas deshabitadas, el frágil cadáver de un ratón. Nada para gatos. Pinche Ángela, me había abandonado.
Este gato, blanco y negro como las vacas, siguió cada uno de mis movimientos con la atención irritante de los babosos. Desesperado le atzá otro patín en sus flacas nalgas. “¡Ya cabrón, no hay ni madres!”
Sin el menor sentido del orgullo, olvidando la ancestral altivez de los gatos, me siguió escaleras arriba y estuvo rondándome mientras yo vaciaba la maleta. Coloqué todo en su lugar con el gato entre las piernas; me siguió al baño, se aferró a los calzones sucios que metí en elc esto, me rasguñó una mano cuando levanté los periódicos regados por la recámara. Chillaba como si estuviera montando a la gata del vecino. “¡Puto, putísimo gato!”, grité mientras lo pepenaba del cuello y lo lanzaba por la puerta que cerré con un golpe. Pero el hijo de la chingada se dedicó a arañarla y maullar como si se lo estuvieran cogiendo.
Durante todo el viaje de regreso –más de siete horas de Morelia a Puebla, con sus respectivos transbordos–, una muela me hizo aceptar la irremediable existencia del infierno. Pensaba en Ángela Adónica, en el sonido de sus zapatos en el pasillo, el portazo con que se despidió de mi vida.
–Te dejo al gato, par de putos. Adiós. –de la peda que traía no pude levantarme, arrojarme a sus zapatos de tacón alto y suplicarle que se quedara.
En el taxi el dolor declinó hasta convertirse en un latido pesado en el fondo de mi boca. Ahora, en la madrugada del domingo –desolada, lluviosa–, mientras un gato enloquecía en mi casa, se reiniciaba con un piquete, una gota hirviente que pugnaba por abrirse paso en la encía. Mi futuro próximo me causaba náuseas. Y el gato chinga y jode, psicótico abandonado en sus terrores de noche de tormenta.
Un relámpago silencioso recortó los árboles sobre la turbiedad de fondo marino del cielo. Alcancé a ver por la ventana el perfil de las casas vecinas, tenebrosas y solas. “La noche del domingo, puta madre”, pensé, y en ese momento se fue la luz.
El domingo pasado (apenas lo supe el lues o martes, por eso no pude avisar) Salió publicado un escrito mío en la revista dominical del periódico El nuevo día, de San Juan, en la seción de letras…
Gracias Puerto Rico belloooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Gracias, Andy!!!!
Yo también quiero el link para ver esa revista, je, je, je, sólo he entrado al diario…
Y ahora, algo de la lectura en honor a mi profe, el Meneses… un poco retrasada y pasada por agua pero estuvo bastante bien!
El color de la atmósfera
Judith castañeda Suarí.
“La atmósfera puede ser el tema, entonces la historia resulta accesoria”, dijo en repetidas ocasiones Alejandro Meneses a sus alumnos, durante entrevistas y charlas prolongación de los talleres del jueves. Una atmósfera difusa envolvió siempre sus cuentos, abarcando el título: Noche adentro, Ángela y los ciegos, Vidas lejanas, Casa vacía, sugieren velos, viento color ocre, atardeceres de colores deslavados.
Desde Días extraños, editado en 1987 por la Universidad Autónoma de Puebla, tonos cenicientos permean atmósferas tejidas con minuciosidad. Un ejemplo se encuentra en el cuento “Cuando sueñe, sueñe usted con eso”, el que inaugura su primer libro. Asistimos a dos lecturas bajo la misma tarde. Una carta, un libro; el jardín, la recámara. Al principio el espacio es luminoso, el papel de las páginas ciega, las sombras son trazos de carbón. Poco a poco, mientras la tarde se retira, la luz va vistiéndose de plomo, se convierte en otra, en la que cambia el tono a los colores; es el momento en que no sabemos si saldrá la luna o un gallo nos despertará: “Ella se asomó a la ventana, tú alzaste la vista: sólo pájaros atravesando la ciudad en esa hora en que los objetos pierden su volumen y comienzan a ser sombras que se desplazan a los rincones en busca de calor”. El cuento termina vestido de negro, donde bombillas tristes cuelgan allá, a lo lejos.
Esa oscuridad gruesa se traslada a “La noche del gato”, cuento que forma parte de Ángela y los ciegos, el segundo libro de Alejandro Meneses, editado en el año 2000 por Ediciones Cal y arena. Aquí las penumbras se hacen presentes desde el inicio cuando el personaje–narrador llega a Puebla, proveniente de Morelia, después de más de siete horas de viaje, con dolor de muelas: “Abrir la puerta fue entrar a una jungla interior: en la oscuridad –sus ojos brillaban entre la maleza– latía la presencia de un felino carnicero, comedor de hombres. En el cielo lejano, un relámpago; su estruendo retumbó en los cristales de la casa. Regresó la lluvia”.
La atmósfera turbia está en la casa después de un apagón, en el mundo que sólo sabe girar después de varios sorbos largos al ron, pero más que nada, en la soledad –Ángela lo abandonó– y en la incertidumbre, que contagia a quien se asoma al texto, de ignorar si está despierto o dormido, si la visita nocturna es parte del sueño: “...dormí; tal vez, porque en mi recuerdo hay un espacio de silencio, indoloro…
Hasta que alguien encendió un cerillo y me hizo despertar. El dolor era un latido tenue, ya sin espinas. Sumergido en la sabiduría inversa del ron, vapuleado, no sabía qué pasaba”.
Quizá sea Vidas lejanas, editado por ABZ Editores, el libro que guarda más elementos de la biografía de su autor. Las narraciones, algunas incluidas en las recopilaciones Casa vacía y Noche adentro, encierra parientes, principalmente femeninos: tías, madres; también abuelos, hermanos, primos. Nunca padres –ellos se fueron antes del primer párrafo–. Los cuentos están cercados por lluvias furiosas, por montañas azules, espumosas de nubes, que se derraman “como un vaso lleno sobre las orillas del pueblo”. Los envuelven la viruta y la luz enferma. Los escenarios recurrentes son poblaciones de Tlaxcala: Huamantla, Altzayanca –el lugar de nacimiento de Alejandro–, Panzacola; sólo una colonia local: la Santa María (a la que añade la terminación “de los Niños"). La menciona en “Escalera al cielo”, Hombre en la luna”, “Un extraño en el paraíso”.
Quienes estamos familiarizados con la colonia Santa María, la percibimos como a través de un filtro amarillo, fracturado, rescatado de algún baúl de tapa abierta o con agujeros. Siempre polvosa.
Este es el escenario de “Volver a casa”, el único cuento de este libro narrado desde la tercera persona. La atmósfera responde a la percepción de la Santa María: tardes “pasadas por cloro”, el humo de un sillón “viejo, rellenísimo de estopa” que se incendia, el insomio en la cárcel, brasas de cigarros suspendidas en la oscuridad, de nuevo la lluvia.
En “La bella vida”, que aparece tanto en la antología De párvulas bocas como en el libro póstumo Tan lejos, tan cerca, publicado en el 2005 por Ediciones de Educación y Cultura, las penumbras son la atmósfera: casetas telefónicas por la madrugada, hablar con la contestadora, bares donde el sol no se asoma más allá del umbral, el rostro de alguien iluminado a medias por la pantalla de una computadora: “cantante a sueldo, trovador de veras borracho, la guitarra sólo le da un punto de apoyo en el aire para no irse de hocico, para tomar distancia de la penumbra distorsionada, movediza”.
La frase de André Gide que inaugura el cuento “Cabaret para ciegos” –Crea el infinito con lo impreciso y lo inacabado– se amolda a la visión que Alejandro Meneses tenía de la literatura. Él prefería el velo que cubre una certeza, las estructuras rotas, los finales puestos en el principio o a la mitad, no ceñirse a la receta de planteamiento, nudo y solución.
La literatura es la vida, nos dijo, nos sigue diciendo; como en ella, lo único seguro son las dudas, lo inconcluso. Y es precisamente esto lo que añade tonos y partículas en suspensión a la atmósfera reinante en la escritura del autor nacido el Altzayanca y muerto en la ciudad de Puebla hace dos años.
Por suerte para nosotros, sus narraciones difusas, de sueño penumbroso, no se evaporan al término de la lectura; se quedan esperándonos en el estante, en la mesa de noche, para cercarnos de nuevo cuando abrimos sus libros.
Cuando mi abuelo era innecesario y del todo objetable, granujiento adolescente, se encerraba en la carpintería de su padre –que nunca produjo una viruta– a leer libros de historia, alguna biografía, memorias de hombres, según afirma, “muy europeos y muy exploradores”.
De esa época, quebradiza y solitaria, data el cuaderno que mi abuelo llenó con mala letra. En la cubierta puso el título: Noches en la ciudad perdida de Molicie, en caracteres fuertes, y abajo, firme, su nombre, precedido por un contundente Sir.
Allí, entramadas con sus más antiguos recuerdos, hay citas de libros crepusculares, septentrionales y australes. Viajes de ida y vuelta en tres renglones. Sabanas y glaciares ubicados en mapas de tinta roja. Cordilleras que se deshacen en nubes lejanísimas, caravanas cuyo periplo consumía generaciones de camellos pardos; sacrificios rituales en la noche del Serengeti, fieras aladas que cruzaban el desdierto de Gobi apareándose en pleno vuelo… y otras alucinaciones de pésima ortografía.
A través de la ventana de la carpintería –donde sesenta años después de escrito leo el cuaderno de mi abuelo– escucho el ruido opaco de la lluvia cayendo sobre el jardín. Entre las tejas podridas descienden hilos de agua y frágiles arañas. En las tardes perdidas de mi adolescencia lo leo hasta que la oscuridad hace imposible descifrar la caligrafía de aquel niño nervioso. Después, guardo el cuaderno, lo envuelvo en una bolsa de plástico y lo meto en un bote que alguna vez contuvo barniz. Recorro el sendero hasta la puerta de la cocina; mi madre escucha el radio mientras acomoda, una y otra vez, sus frasquitos de yerbas y especias. Atravieso la sala en penumbras y subo las escaleras. Toco en la primera puerta del corredor, entro sin esperar permiso.
–¿Le agregaste lo que te dije?– pregunta el viejo, acostado y blanco, tiritando bajo las cobijas, sin quitar la vista de la televisión. Las últimas caricaturas de la tarde. Los cambios sincopados del resplandor de la pantalla lo sumergen y lo sacan de la oscuridad del cuarto.
–Puse lo del Nilo, la ceremonia del gato.
–Se te olvidó escribir la cita de poeta de Nagore…
–No.
–¿La memorizaste?
–Sí.
–Pues dímela.
Extraño la piedad del lirio.
Siento la muerte de las palomas en el patio.
Las hojas de Octubre se arrastran
contra los muros
de la casa que fue.
Mi abuelo se voltea, lentamente, sobre su costado izquierdo, ofreciéndome la espalda. En la penumbra se hace nítida, malvada, la risa del Pato Lucas.
Sigo a mi madre por la casa devastada. Lleva un bote con clavos y tornillos, tachuelas, alambres oxidados. En la bolsa de su delantal hay una botellita de aceite, cinta de aislar, un desarmador, tijeras. Vamos por el corredor de las plantas. Los canarios, entumecidos, se agitan en la opaca luz de la mañana. Los arbustos del jardín gotean la lluvia de la noche.
–Ay, tu papá… trabajaba todas las tardes en esa carpintería y de allí nunca salió nada que sirviera; y mientras, la casa se nos vino encima.
Recuerdo a mi padre, sus trajes azul marino, sus corbatas de rayas blancas, azules, y rojas. Siempre esos colores. Llegábamos juntos de la escuela donde él daba clases de historia en la secundaria y yo cursaba el quinto o sexto año de primaria. Subía a su cuarto aflojándose la coorbata, le gritaba algún saludo a su padre, y bajaba con un overol pringoso: olía a madera, a aguarrás. Más tarde, le llevaba una bandeja con la comida a la carpintería. Llovía otra vez.
Mi abuelo, confinado por sus piernas paralíticas, vivía entre su recámara y el corredor del segundo piso. Dormía toda la mañana y deambulaba por las tardes en su silla de ruedas, siguiendo los surcos que habían quedado impresos en la madera del piso. También yo subía su bandeja y mientras comía, siempre con apetito, lo empujaba de un extremo a otro del pasillo. Pocas veces bajaba –cargado por mis padres, mientras yo me las arreglaba con la silla–, tal vez en la Navidad, por la visita de un amigo al que se negó a recibir en su recámara, cuando hubo goteras en el techo de su cuarto y vinieron los albañiles después de la frustrada intervención de las herramientas de mi padre.
En su mundo de unos cuantos metros, sin embargo, realiza grandes viajes: hoy, por la tarde, debe estar presente cuando Beowulf funde una ciudad en el lugar exacto del Polo Norte mientras exclama, con un gesto de improbable modestia: “Yo soy nadie, y nadie te funda. Eres”.
–¿La ciudad se llamará Eres?
Mi abuelo levantó la vista del libro y me vio, disgustado.
–No, patancillo. Beowulf le está dando a su ciudad el privilegio de la inmortalidad, de lo intemporal, de lo infinito, ¡burro!
Con dedos finísimos mi madre aceita los columpios de los canarios. Pasa un trapo rojo por la cúpula oxidada de las jaulas; en el piso hay un reguero de alpiste y flores de jacaranda traídas por el viento desde el patio vecino.
Bajo la mañana gris, húmeda, almorzamos sentados en las raíces salientes de la higuera. Tacos de huevo y cebolla, atole de arroz con un piquete de canela y clavo.
–Si fundaras una ciudad cómo le pondrías– pregunto.
Mi madre voltea, parpadea. El bulto del bocado deja de moverse tras su mejilla. Sus ojos se achican, despliegan un mapa de arrugas frescas. Frunce sus labios bellos que culminan en una sonrisa. –Mira– dice, tragando el bocado–, siempre que lo pienso, no encuentro otro nombre que no sea el mío… ¿cómo le van a poner?
Estoy seguro que ella no sabe de la existencia del cuaderno, pero no puedo evitar el enojo que me causa sentirme descubierto tan fácilmente.
Una crónica de una lectura en la que participé… Se nos vino el techo encima, foro!!!!!! La lluvia pesó ese día, ji, ji, ji… Patitas pa’que os quiero!!!!!!
De cómo Tlaloc se inconformó porque el Diablo fue invocado en su lugar y la división en dos de una lectura.
Judith Castañeda Suarí.
El 23 de mayo se celebró el Tercer Encuentro de Mujeres que Escriben; el escenario, la Casa Amarilla, instalación de la Universidad Autónoma de Puebla ubicada en el Centro Histórico de esta ciudad, bajo un doble techo amarillo, de lona y acrílico. Cada año se teje una atmósfera de amistad: intercambio de correos electrónicos, de libros y comentarios sobre lo que cada quién está escribiendo o planea escribir, comida a las dos, textos con estructuras, atmósferas e historias diferentes, tramadas según la visión de la literatura, las experiencias, las lecturas, la vida.
Esta es la primera vez que se hace en mayo, en plena primavera, el otoño es la costumbre. Estuvieron presentes Isabel González, ganadora de la última edición de concurso de cuento Mujeres en Vida, con sus textos cargados de imágenes eróticas, los cuentos inéditos de Betty Meyer y Eve Gil, Lina Zerón, primeriza, nos hizo reír con varias minicrónicas, Rosa Nissán, una servidora y su “Cerrando puertas” (que suena a canción de Robi Draco Rosa).
Hubo también una invitada que llegó tarde pero a tiempo, que no leyó ningún cuento y tampoco tuvo un espacio en el intercambio de correos electrónicos. Eso sí, recibió su reconocimiento: las carreras, los gritos, una herida. La lluvia, al principio no muy fuerte, dejó terminar una lectura sembrada de pausas a Eve Gil. El Maligno, el Diablo, fue nombrado en más de una ocasión a lo largo de ese divertido texto. Y justo al terminar, como si las palabras se hubieran vestido de invocación y ganado peso, mezcla de vudú y santería, el golpeteo de las gotas redobló esfuerzos hasta acumularse en el techo y romper el acrílico. Al principio fueron tronidos lejanos, difíciles de ubicar; luego, en vez de agua o granizo, llovieron algunos trozos puntiagudos, transparentes. Uno de ellos lesionó a Maricarmen García, una de las organizadoras, quien tendría una intervención en la última lectura. Ese golpe terminó en un viaje al hospital que, esperamos, no haya sido muy largo. Más de una pensó que el agua acumulada caería en pleno, que las bocinas y micrófonos descargarían electricidad en esa cascada, que…
Para mi fortuna estaba en la orilla, unos pasos y mi cabeza quedó fuera del alcance del acrílico. Organizadoras, escritoras y público terminaron debajo de los pasillos del segundo piso, alrededor del patio donde se leía, hasta el momento, sin novedad. Lecturas y asistentes se trasladaron a un salón pequeño, lejos de la zona de desastre en que se convirtió el lugar.
Por mi parte estoy lista para otra lectura en el patio de la casa antigua que es el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Puebla, con todo y granizo y lluvia de acrílico, no importa. Sólo espero estar sentada en la orilla para correr a tiempo.
(Sobre la novela china cuyo autor mereció el Nobel de Literatura en el 2000)
En el año 2000 se concedió el Nobel de Literatura a su autor, Gao Xingjian –poeta, dramaturgo, pintor, novelista–, nacido en 1940, de nacionalidad china y refugiado en París desde 1988. La montaña del alma puede verse como una reunión de relatos independientes, el relato de un probable viaje a través de China por parte del autor, antes de abandonar el país, o como las notas de un “Él”, un escritor, que aparece hasta el capítulo 72.
La novela inicia en segunda persona, con un encuentro casual en un ferrocarril. Entonces el personaje conoce la existencia de un sitio llamado la Montaña del alma, Lingshan. Capítulo tras capítulo, cada uno de ellos cortos e independientes, se alterna la primera y la segunda persona –a veces se salta de una a otra en un mismo capítulo, incluso en el mismo párrafo–. El texto completo está impregnado de aspectos de la cultura china: los bambúes se mecen ligeramente, hay pandas, té, se recuerda la Revolución Cultural, la reeducación por el trabajo en el campo, aparecen monjes taoístas, funcionarios comunistas, el peregrinaje hasta el último rincón del país, imperante en la época de Mao. Se puede decir que la obra alude al alma de China.
Al final, el lector se pregunta si el personaje cumple su meta, si logra localizar Linshang. La alternancia de las voces puede darnos una pista. El “tú” y el “yo” tal vez se refiera a la conciencia, al yo interno hablándole al personaje. Ese yo interno puede ser el desconocido del ferrocarril, el que estuvo en la Montaña del Alma. Y el personaje, sin saberlo, puede estar viajando en este mismo sitio durante toda la novela: se pierde entre la bruma, está hospedado con personas que investigan el comportamiento de los pandas, conoce a varias mujeres en Linshang.
La frase: “Y además, ¿quién conoce el mecanismo del alma?”, de Bernard Malamud, puede explicar la nula o casi nula continuidad entre los relatos que forman los capítulos. El alma bien puede adoptar la apariencia de una montaña, de un pasajero en el ferrocarril, guarda el recuerdo del olor que tiene el regazo de nuetra madre, el paisaje en torno al primer enamoramiento, los minutos anteriores y el temor o la esperanza por los venideros. Es decir, no tiene una forma definida ni un orden específico, es como cada quien la percibe. Tal vez la novela sea simplemente el alma del personaje o el personaje recorriendo, sin saberlo, los rincones de su propia alma, de su Linshang.
La montaña del alma es un libro que rescata tradiciones, creencias, poetas de siglos pasados y de lectura disfrutable, del que destaca el lenguaje sencillo, la permanente duda –“Ni tú mismo sabes a ciencia cierta por qué has venido aquí”–, lo sensorial sobre las acciones. También se nota el excesivo uso del pretérito perfecto –“Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus reconvertido para la ciudad ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de montaña...”– y algunas frases españolizadas –“Por tanto, no estáis solos, otra persona habita en la planta superior”–, fruto, supongo, de la dificultad que supone traducir de un idioma tan lejano y aislante, incluso para sus propios hablantes, como es el idioma chino.
Un fragmento de cuento, lo leí durante la premiación del concurso nacional de cuento joven Alejandro Meneses.
El santo del pueblo (fragmento)
“No quiero ir, pero soy su último descendiente. Sólo mi sombra avanza junto a mí, un óvalo negro bajo la mañana. Volteo, las puertas cerradas a ambos lados de la calle. Ni un susurro, los aullidos de los perros. El camino hacia la iglesia es mucho más largo cada marzo, me jala de los tobillos, provoca tropiezos.
El atrio es un montón de sombreros, cabezas pequeñas, trenzas a modo de corona y rebozos descoloridos. Una hilera de ropones crece delante de la iglesia, vistiéndola de blanco igual que los claveles, rosas y alcatraces que traen de la ciudad, que miran hacia el altar y los pasillos. No es necesario empujar hombros, los cuerpos se apartan al roce del bastón sobre la tierra seca. Desde mi juventud atravieso el mismo año: los sombreros alzados, las miradas se despeñan, me tocan los pies. Adelante, rostros de niños sin bautizar, sonrisas amarillas y negruzcas, incompletas. Voces parecidas a silencios me ruegan por la cosecha, por el hijo enfermo: “Si señala hacia el cielo, si me ve, el sol de mañana calentará a mi niño”. Evito sus ojos, las súplicas son de humo, ni siquiera agitan las hojas de los eucaliptos.
De pronto un jalón. El ardor me hace voltear. Un hombre tiene una mecha pequeña, gris, entre los dedos, y la pone en la mano de un espectro de mujer.
–Perdone usted, tata, dicen que las reliquias son buen remedio para los males incurables.
–Mi niña suda gotas como de hielo, habla cuando está sola en el jacal. No pude traerla, ahora tendré que esperar hasta el otro año para bautizarla.
Quedo un momento ante las dos miradas negras, me froto la coronilla y vuelvo a caminar. La iglesia. Llego al altar sin ver la explosión de blancos, vuelta a la derecha, sigue la capilla dedicada al más antiguo de mis abuelos, la banca recién barnizada, sólo para mí. Podría recorrer la ruta aun estando ciego. Un mechón, pienso con la barbilla enterrada en el pecho, antes fue recoger la tierra debajo de mis pasos, rasgarme la camisa y acariciar el bastón; seguro después querrán un ojo o mi último latido.
Me siento ante un espejo de madera: mi antepasado cubierto con pliegues blancos y azules, de rodillas, junto al índice levantado de Jesús. Los pómulos huesudos de cuando yo era joven. Atrás, el enorme Cristo, mural de plumas. Volteo. Las tres bancas detrás de mí están vacías. Más allá, la gente que colmaba el atrio llena los asientos, el pasillo, se pone de puntitas para ver la imagen de mi abuelo, al sacristán, que toca las baldosas con una rodilla antes de encender las dos velas del altar.
La gente le abre paso al nuevo sacerdote, a una fila de mujeres con envoltorios blancos entre los brazos. El hombre sigue hasta el retablo color oro, ellas se reparten en las bancas reservadas. La ceremonia anual del bautismo.
El sacerdote no nació aquí, llegó al pueblo a principios de semana. Su primera ceremonia fue el entierro del viejo padre José. El sacristán lo mira con el entrecejo fruncido, el hombre de casulla verde levanta los brazos y tropieza a lo largo del sermón tantas veces pronunciado por el padre José. Habla hacia la cúpula de mosaicos turquesa y ultramar, lleno de espacios en blanco, amarillo y negro –ángeles alrededor de la aureola de mi abuelo–. Cierra los ojos, se queda en silencio. Sonrío, de seguro olvidó la siguiente palabra.
Esto no va a durar mucho; después de misa, entre bocado y bocado, las mujeres se encargarán de tejer la historia de mi familia, que se limita a la del beato considerado santo. Y el sacerdote joven, de cabellos escasos, me llamará a la sacristía al terminar el desayuno, preguntará si es cierto, si en verdad Jesucristo bajó de entre las plumas para bautizar a mi antiguo pariente, cuántos milagros se le atribuyen y en qué situación está la causa para canonizarlo. Yo asentiré. Y de nuevo perderé mi nombre para ser el último pariente del santo, el tata”.
Saludos también para ti, Vin!!!!!!! Me da mucho gusto que me visites Gracias, y seguiré posteando más… Prometo crónica de la presentación de mi libro (wow!!!! qué bien se oye eso!!!!!!!!!!!!!!!!) en noviembre.
¿Qué habría pasado de seguir con la sabiduría de los incas, de los mayas, foro, en lugar de apegarnos a una lista de libros prohibidos por la santa inquisición, bajo pena de convertirse en pollo rostizado?
Ya no vale la pena preguntarse, pero la nostalgia no deja de llamar a nuestra piel…
El día de la raza, ¿de cuál raza?
la que los cascos de unos venados sin cuernos aplastaron contra el barro
la que vio como sus dioses eran piedra luego arena luego nada
bajo sus pies desnudos
la que deambuló como si no conociera el suelo
la que arrojó piedras a una persona que sólo el aire podía acariciar
la que creyó que las divinidades podían tener respiración y sombra
¿o la que bebió sangre y metió en sus bolsillos de viaje tanta riqueza y títulos nobiliarios como cupieron?